Elliott Daingerfield creció en Fayetteville, Carolina del Norte, y más tarde mantuvo una casa de verano en las Blue Ridge Mountains. A diferencia de las generaciones anteriores de paisajistas, adoptó la práctica de pintar de memoria en lugar de hacerlo a partir de la observación directa, pues creía que el arte adquiría una mayor espiritualidad cuando estaba mediado por la imaginación. Estas cualidades son evidentes en El Gran Cañón, una de sus obras más célebres.
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